11 de junio de 2010
Volveré y seré calle de Puerto Madero.
Abro la Ohlalá de junio y no puedo ir más allá de la editorial, donde la autora hace una reflexión sobre cómo las mujeres se desmoronan cuando les falla el pibe. Sin dar ninguna receta sobre qué hacer cuando el departamento amorístico no anda bien, la editora intenta marcar un camino para que por lo menos no vaya tan mal.
Felicitas, que así se llama ella, cita a la Abuela Margarita -que no es su abuela, sino una de las 13 abuelas indígenas. (Don't even ask porque a mí también me perdió ahí!)
La Abuela Margarita dice que "la misión de la mujer es enseñar al hombre a amar". No pienso pelearme con eso, aunque me parece una misión un poco desmesurada, pero sobre todo, me resisto a que la existencia de la mujer se defina sólo en función del hombre. ¿Dejo ese tema para terapia?
Aparentemente, conseguimos realizar esa misión, -y acá cito a Felicitas: "reconociendo nuestra propia sacralidad". Y ahora la abuela lleva todo a otro nivel y dice (bear with me): "Cuando el hombre aprenda a amar tendrá otra manera de comportarse con la mujer. Debemos ver nuestro cuerpo como sagrado y saber que el sexo es un acto sagrado, ésa es la manera de que sea dulce y nos llene de sentido. La vida llega a través de ese acto de amor. Si banalizás eso, ¿qué te queda? Devolverle el poder sagrado a la sexualidad cambia nuestra actitud ante la vida."
Yo no digo que la señora abuela no esté diciendo una verdad. En algún punto, no espero un discurso diferente de la mayoría de las abuelas. Pero que esta idea sea tomada por una joven del siglo en curso, me resulta increíble. Justamente, éste es el discurso que tantas mujeres lucha(ro)n por cambiar, no? (Simone de Beauvoir & Co revolviéndose en la tumba.)
Sin duda alguna que el sexo con amor está buenísimo. Pero el sexo y el amor son dos cosas bien diferentes. Se desprende que de la misma manera que uno no va por la vida cogiendo con todos los que ama, tampoco ama a todos con quienes coge.
Yo no sé si el sexo es sagrado. Si le quitamos al sexo las capas de valor "cultural" que le hemos puesto y se deja de lado el hecho de que está buenísimo, el sexo es un acto un tanto grotesco, no? Sudor, jadeos, intercambio de fluidos varios, posible torpeza*...
Pero vale la pregunta: ¿estoy dispuesta a usar mi sexualidad exclusivamente como una herramienta pedagógica?
Y otra cosa: si las mujeres usan el NO sexo para enseñarle al hombre, ellas también se quedan sin. Creo que toda esa premisa de darle lecciones al hombre parte de la base de que el sexo es algo que entregamos sin recibir nada a cambio. O accediendo a la demanda del hombre, pero no por placer.
Y puedo seguir: La mujer sagrada, la sacerdotisa, la mujer a la que no toca nadie. Y la que no toca. No se me ocurre un destino menos humano.
Creo que Felicitas se equivoca en adherir a una sabiduría de antaño que recomienda jugarse la cartita del sexo como un ancho de espadas. Al sexo como recurso. Al sexo calculado.
Los hombres tendrán que aprender a amar con métodos más convencionales (y convenientes). A las mujeres nos queda, sin duda, mucho que aprender también.
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* Sin hacer demasiado esfuerzo, puedo recordar varios accidentes que he tenido en la cama. Si sigo con los que me han contado, no termino más.
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Brillante tu frase "uno no va por la vida cogiendo con todos los que ama, tampoco ama a todos con quienes coge", casi te diria, que es pedagogica.
ResponderBorrarEs que soy maestra. Lo pedagógico me es inevitable.
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